Relexiones

Somos seres humanos y por tanto vulnerables. Nuestras medidas y cuidados no alcanzan para suplir nuestras limitaciones. El no reconocer y aceptar nuestra «humanidad» nos descoloca. Peor aún las formas habituales de lidiar con ellas. Veamos cómo trabajó el salmista su finitud.

«Yo dije: Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí. Enmudecí con silencio, me callé aun respecto de lo bueno;
Y se agravó mi dolor. Se enardeció mi corazón dentro de mí; en mi meditación se encendió fuego, y así proferí con mi lengua… Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy. (Salmos 39:-4).

El camino optado es la introspección personal. La auto-evaluación muestra que los «cuidados y prudencia en el habla» frente a los enemigos y el silencio agrava el dolor interior e incita al desborde emocional en un pico emocional».

¿Cuál es la mejor opción? Reconocer nuestra humanidad y fragilidad. Y a partir de ella re-hacernos. Así como volver a vivir: (1) aceptando nuestras «virtudes y defectos»; y (2) Aprender a lidiar con los conflictos relacionales. ¡No ayuda callar! Tampoco explotar todo el tiempo sanguíneamente. El buen manejo de los tiempos y ecuanimidad es una mejor opción.

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