VIERNES, DICIEMBRE 7, 2018

Oremos

Misericordioso Dios de esperanza, dame ojos para ver como tú ves. Ayuda mi incredulidad; despierta mi esperanza Enciende mi corazón, para que pueda recibir la luz de Cristo al entrar al mundo. Amén.

Leamos

En ese día los sordos podrán oir cuando alguien les lea, y los ciegos podrán ver, libres de oscuridad y de tinieblas. Los humildes volverán a alegrarse en el Señor, los más pobres se gozarán en el Dios Santo de Israel. Isaías 29.18–19 DHH

Al salir Jesús de allí, dos ciegos lo siguieron, gritando: “¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!”. Cuando Jesús entró en la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó: “¿Creen ustedes que puedo hacer esto?”. “Sí, Señor”, le contestaron. Entonces Jesús les tocó los ojos, y les dijo: “Que se haga conforme a la fe que ustedes tienen.” Y recobraron la vista. Mateo 7.29-30a DHH

Reflexionemos

Durante el Adviento, Dios restaura nuestra vista. Comienza con reconocer la oscuridad. Miramos a nuestro alrededor y vemos la oscuridad de la guerra, la violencia callejera e incluso las divisiones en nuestras familias. Miramos dentro de nosotros mismos, y reconocemos la oscuridad de la desesperanza, el orgullo y el miedo. ¡De cuántas maneras somos como los ciegos, desesperados por la misericordia de Jesús!

Al reconocer nuestra inmensa necesidad de la luz de Cristo, enfrentamos la pregunta que Jesús les hace a ellos, a nosotros. “¿Creo que Jesús puede sanarme a mí y al mundo en el que vivo?»

Día tras día, el Adviento nos anima a nutrir una pequeña llama de fe. Al mirar hacia atrás, en las profecías del Antiguo Testamento (los sordos oirán, los ciegos verán), percibiremos un rayo de esperanza. Al contemplar el cumplimiento inicial de Jesús de estas promesas, la esperanza despierta. Le pedimos a Dios que encienda nuestros corazones, preparándonos para recibir la plenitud de la presencia de Cristo. Le
pedimos a Dios que nos dé una visión correcta, para que podamos ver la luz de Jesús que ingresa al mundo.

Respondamos

La «Oración de Jesús» ha sido adoptada por muchas tradiciones como una forma de mantenerse conectado con Dios durante todo el día. Intente orar: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, un pecador». Ore cada hora, durante momentos de estrés o cuando tienes una pausa en tu día. Permita que la repetición encienda la esperanza en su corazón y alimente la conciencia de la presencia de Cristo.