MIÉRCOLES, DICIEMBRE 5, 2018

Oremos

Misericordioso Dios de esperanza, gracias por extender a todos la promesa de la salvación. Gracias porque nadie está excluido o descalificado, ¡incluyéndome a mí! Déjame aferrarme a esta esperanza mientras espero la venida de tu Hijo Jesucristo.
Amén.

Leamos

Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se reconoce a Jesucristo para alcanzar la salvación. La Escritura dice: “El que confíe en él, no quedará defraudado.” No hay diferencia entre los judíos y los no judíos; pues el mismo Señor es Señor de todos, y da con abundancia a todos los que lo invocan. Porque esto es lo que dice: “Todos los que invoquen el nombre del Señor, alcanzarán la salvación.”

Pero ¿cómo van a invocarlo, si no han creído en él? ¿Y cómo van a creer en él, si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oir, si no hay quien les anuncie el mensaje? ¿Y cómo van a anunciar el mensaje, si no son enviados? Como dice la Escritura: “¡Qué hermosa es la llegada de los que traen buenas noticias!” Romanos 10.9–15 DHH

Reflexionemos

¿Cuál es la buena noticia de la que habla Pablo? ¡El regalo de salvación de Dios es para todas las personas! No está limitado a un grupo de personas. No hay distinción entre judíos y gentiles. Todos pueden ser receptores de una nueva vida en Cristo. Todos pueden ser herederos de la promesa.

Este es un cambio radical para la audiencia de Pablo. Antes de Cristo, el pueblo de Dios se identificaba en gran medida por cómo se diferenciaban. Seguían leyes específicas: matrimonio, dieta, culto, circuncisión. Estas leyes eran muy estrictas y difíciles de cumplir. Ahora Pablo dice: aunque el seguir la ley haya cumplido un propósito, no nos da la salvación. La salvación pertenece a cualquiera que confiese a Cristo, y llame al Señor por ayuda.

Esto sigue siendo una buena noticia para nosotros hoy. Todos somos invitados a la esperanza de la salvación a través de Cristo. Nada puede descalificarnos: nuestro pasado, nuestro género, nuestra herencia, nuestro estatus social. Nada puede separarnos del amor de Dios (Romanos 8.38-39). Mientras esperamos la luz de Cristo, retengamos esta promesa.

Respondamos

¿Hay algo en tu vida que parece descalificarte de la salvación en Cristo? ¿Algo vergonzoso en tu pasado? ¿Un patrón de comportamiento actual? ¿Un secreto familiar? Quizás es una enseñanza que escuchaste, que por alguna razón te ha excluido de la mesa de Cristo. Tómate el tiempo para llevar esto en oración ante Dios. Gracias a Dios que las buenas nuevas de la salvación son para ti. Si es necesario, confiesa tu pecado y recibe el perdón. Reclama tu promesa como una nueva creación en Cristo.