Relexiones

Frente al más implacable de los jueces, nuestra propia mente. Pues nuestra consciencia moral nos advierte. Pero Dios, nos restaura y hace dichoso (bienaventurado).

«Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado» (Salmos 32:1).

No existe más juicio ni condenación… Auténticamente libre. No tiene precio esta condición.